Trump está totalmente equivocado creyendo que subiendo los aranceles hará grande a los EE.UU.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, desató una guerra comercial marcada por el incremento de aranceles. En un principio, parecía utilizar esta medida como una táctica para obtener ventajas en las negociaciones con sus socios comerciales. Sin embargo, con el paso del tiempo, el aumento de aranceles se consolidó como un elemento clave de su política bajo el lema Make America Great Again (MAGA).
Trump está completamente errado al pensar que el aumento de los aranceles hará grande a Estados Unidos. Es ingenuo creer que esta medida impulsará a las empresas extranjeras a cerrar sus plantas en otros países para trasladarse al territorio estadounidense. Su postura demuestra un desconocimiento de los principios básicos de la Economía, ya que elevar los aranceles no fomenta la inversión, ni la creación de empleo, ni contribuye al desarrollo y grandeza de una nación.
Desde 1817, el economista David Ricardo formuló la teoría de las ventajas comparativas, la cual establece que el mayor beneficio del comercio se alcanza en ausencia de aranceles y barreras no arancelarias. Según esta teoría, el arancel óptimo para cualquier nación, independientemente de su nivel de desarrollo, es cero. Esto significa que, incluso si los socios comerciales del país A imponen aranceles elevados, el mejor enfoque para el país A sigue siendo mantener sus aranceles en cero. Implementar un arancel es tan irracional como gravar el intercambio comercial entre ciudades, vecindarios, hogares o incluso entre familiares.
Hasta la fecha, la teoría de las ventajas comparativas sigue vigente y cuenta con un sólido respaldo de la evidencia empírica a nivel global.
Por lo tanto, siguiendo los principios de la Economía, si Trump aspira a “hacer grande de nuevo a los EE.UU.” debería eliminar los aranceles y las barreras no arancelarias. El principal obstáculo para lograr la grandeza de cualquier país del mundo es el exceso de impuestos (incluyendo aranceles), el abuso del gasto público y la miríada de regulaciones que limitan la libre competencia.
Si los EE.UU. sube los aranceles, sin lugar a duda eso perjudicará a sus socios comerciales. Sin embargo, si los socios comerciales suben sus aranceles como represalia, el mayor perjudicado será siempre el país que impone los aranceles.
América Latina ya experimentó los efectos adversos de incrementar aranceles al adoptar el modelo de sustitución de importaciones promovido por la Cepal durante la segunda mitad del siglo XX. En lugar de estimular el desarrollo económico, esta política fomentó empresas ineficientes y poco innovadoras por la falta de competencia. Las restricciones al libre comercio generaron pérdidas significativas que se reflejaron en una desaceleración, tanto del crecimiento económico como de los salarios.
Me parece una hipocresía cómo muchos latinoamericanos critican duramente al presidente Donald Trump por aumentar los aranceles, mientras guardan silencio frente a los elevados aranceles que existen en nuestros propios países, los cuales, en muchos casos, son aún más altos que los que Trump busca imponer. Esta actitud parece reflejar una doble moral. Como bien señala la Biblia en Mateo 7:3: “¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no tomas en cuenta la viga en tu propio ojo?”
Los gobernantes de todo el mundo saben que lo mejor es el libre comercio. No obstante, cuando la corrupción se infiltra en los gobiernos, estos suelen aliarse con grupos de presión para implementar aranceles y barreras no arancelarias, restringiendo así la competencia en los mercados. Esta estrategia permite a los grupos de presión obtener ganancias extraordinarias a costa de los consumidores, quienes terminan pagando precios más elevados debido a las restricciones impuestas sobre el libre comercio.
Frente al incremento de los aranceles en Estados Unidos, Costa Rica y el resto de América Latina debe responder impulsando el libre comercio con la eliminación total de aranceles y de las barreras no arancelarias.