Una guerra sin propósito es una guerra perdida

Andrés Ignacio PozueloAndrés Pozuelo

Toda guerra, sea militar o económica, debe tener un fin claro y un propósito racional. Ninguna estrategia comercial o bélica puede justificarse si su resultado inevitable es empeorar la situación del país que la inicia.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha iniciado desde hace meses una guerra fragmentada de carácter económico contra China y, en un segundo plano, contra India, Rusia y Europa. No se trata aún de una guerra violenta en el sentido clásico, pero sí de una confrontación económica, financiera y tecnológica.

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El problema fundamental es que Estados Unidos no puede debilitar a estas economías sin debilitarse primero a sí mismo. Las economías modernas están profundamente interconectadas: las cadenas de valor, el comercio, el capital financiero, el conocimiento tecnológico y los flujos de información hacen que ninguna gran economía pueda aislarse sin pagar un costo interno elevado.

Las estrategias del siglo XIX —basadas en la conquista territorial, la confiscación de recursos y el proteccionismo— no funcionan en la era del conocimiento. Hoy ningún país puede expandirse conquistando tierras como antes, ni impedir que otros acumulen capital tecnológico. Países como China han llegado para quedarse, y continuarán ampliando su base científica, industrial y tecnológica independientemente de los intentos externos por frenarlos.

Pretender que el debilitamiento de China o de Europa fortalecerá automáticamente a Estados Unidos es una ilusión peligrosa. Ese objetivo, que parece guiar parte de la estrategia de la administración de Donald Trump, no puede lograrse sin antes erosionar la economía norteamericana.

De hecho, ya existen señales claras de deterioro interno:

 • pérdida relativa del valor del dólar,

 • aumento de los costos de transacción,

 • mayor incertidumbre regulatoria y comercial,

 • y una persistente pérdida de empleo manufacturero.

La pregunta ya no es si estas políticas generan fricción, sino cuánto daño adicional está dispuesto a tolerar Estados Unidos. Fantasías geopolíticas como controlar el petróleo de Venezuela o apropiarse estratégicamente de Groenlandia no mejorarán la productividad, ni la competitividad, ni el bienestar económico estadounidense.

En una economía global basada en el conocimiento, la innovación y el capital humano, debilitar a los socios comerciales es, en última instancia, debilitarse a uno mismo. Las guerras económicas sin un propósito realista no producen vencedores; solo generan sistemas más frágiles y sociedades más empobrecidas.