Por: Sergio Villalta
La globalización
Una camisa deportiva de bajo precio puede costar $1.00 si es hecha, por ejemplo, en una textilera en Malasia. Seguramente el algodón se cosechó en la India, que debió obviamente ser procesado y después embarcado hasta la textilera.
El poliéster posiblemente se fabricó en Pakistán o Indonesia. Y la máquina de coser que se utilizó para confeccionar la camisa de seguro fue fabricada en China.
La camisa ya terminada se puede transportar hasta los grandes mercados en Estados Unidos o Europa – tal vez -, en un barco fabricado en un astillero de Corea del Sur.
En un buque que consume combustible refinado a partir del petróleo, que se extrae de algún país del Medio Oriente, tal vez, Arabia Saudí o Kuwait. Una vez que la camisa llega a su puerto de destino debe ser transportada hasta el comerciante minorista.
Esa distribución local posiblemente se hace utilizando vehículos fabricados en México, con motores ensamblados en Japón, con piezas fabricadas en Corea del Sur. Con neumáticos fabricados en Brasil y otras materias primas que se extraen de diversos países, por ejemplo, de África o América Latina.
A esto se le llama globalización. Este entramado de relaciones que abarcan varios continentes funciona perfectamente sin que exista la coerción.
Para fabricar la camisa a nadie se le coacciona. A nadie se le obliga a realizar algo en contra de su voluntad, salvo el pago de impuestos, de tarifas de importación y otras barreras no arancelarias.
Desde el productor de algodón en la India hasta el conductor del vehículo que distribuye las camisas en el otro continente, todos prestan un servicio o venden un producto, pero no pueden obligar a nadie a comprar lo que ofrecen.
Todos entregan un bien a cambio de recibir otro activo que valoran aún más. Pero este intercambio ocurre de manera pacífica. En gran medida también en libertad, a pesar de las incontables interferencias gubernamentales que son creadas para entorpecer el flujo entre los mercados.
Características de la globalización
La primera característica de la globalización es su naturaleza pacífica. Porque la coerción entre las partes está casi ausente, a excepción de las obligaciones impuestas por el gobierno que dificultan el libre intercambio.
La segunda característica de la globalización es ser una fuente riqueza. Porque siendo todas sus relaciones voluntarias, las personas intercambian sus bienes con el propósito de aumentar el bienestar personal y de su familia.
La persona que compra la camisa habrá adquirido un bien que considera necesario, aumentando de esta manera su bienestar y riqueza. Porque de lo contrario no habría entregado voluntariamente el precio que pagó.
La tercera característica de la globalización es su naturaleza espontánea y cambiante, en el sentido de ser una actividad que surge por la autonomía y la libre determinación de las personas que la hacen posible.
Por ejemplo, si el fabricante de camisas en Malasia considera que el algodón que compra de la India no es el mejor en relación a su precio y calidad, bien podría comprar un algodón en Brasil siempre que un gobierno no se lo impida.
La globalización no es un fenómeno prefabricado producto de la ingeniería social de un burócrata en una oficina ministerial.
Por el contrario, la globalización es la manifestación viva de la iniciativa individual, donde cada persona debe ser libre para determinar sus planes de vida y para decidir los medios por los cuales alcanzará esos propósitos.
En este sentido la globalización facilita y sustenta la libertad. Y la globalización es un fenómeno horizontal, porque no prospera debido al decreto firmado en la cúspide gubernamental.
El globalismo
En contraposición a la globalización encontramos al globalismo. Este nace casi exclusivamente de la interferencia gubernamental. El globalismo busca la centralización del poder y es una corriente vertical producto de una intervención estatal o paraestatal.
Siendo el globalismo una corriente de naturaleza casi exclusivamente estatal, procura la uniformidad. En consecuencia, significa fuerza y coerción, las cuales se expresan a través de diferentes medios y en diferentes grados.
Otra característica esencial del globalismo es su carácter supranacional. Esto se logra por medio de diferentes órganos oficiales que se han creado a lo largo de décadas. Organismos de carácter extraterritorial que van aumentando en mayor grado su poder e influencia.
Tal vez, el mejor ejemplo y el más notorio de todas las corrientes globalistas es la Unión Europea, con su gigantesca burocracia compuesta de innumerables departamentos que rigen la vida y los patrimonios de ciudadanos en diferentes países.
Desde luego, existen otros órganos de naturaleza globalista pero que son apéndices estatales, como el G-20, la OCDE, la OTAN, la OMS, la UNESCO, etc.
Muchas de estas organizaciones oficiales no son propiamente agencias estatales, pero se alimentan del presupuesto que los estados expropian, y además, de los recursos que algunas empresas y magnates voluntariamente entregan.
La tercera característica del globalismo es que no es un frente homogéneo de instituciones oficiales, sino que también está compuesto por diversos actores de naturaleza privada.
Aquí podemos encontrar organizaciones como el Foro Económico Mundial (fundado en 1971), la Comisión Trilateral (creada en 1973) y el Grupo Bilderberg (fundado en 1954).
Estas y otras organizaciones enteramente privadas están compuestas por “la crème de la crème”. Se conforman por grupos de magnates o potentados, ya sea del mundo empresarial o gubernamental. Y en asocio con los funcionarios de los organismos oficiales constituyen una élite cuyo poder e influencia es determinante para modificar las políticas oficiales.
El globalismo es planificación y centralización, por tanto, es control y dominación; pero estas señas liberticidas no se encarnan en un tirano o dictador, sino en una élite.
El historiador Fernando Paz explica:
“La élite es un sistema, más que unos nombres. En esencia, es una proyección del orden anglosajón sobre el conjunto de la humanidad (…) en otro tiempo las élites eran religiosas o militares, y se les suponía una cierta condición aristocrática; ahora, la élite es poco más que una despiadada pandilla de tenderos (…)” {1}
