“Sepamos ser libres, no siervos menguados”

José Joaquín FernándezJosé Joaquín Fernández

La libertad no consiste en elegir un buen gobernante, sino en no tenerlo

Por José Joaquín Fernández.

El Himno patriótico al 15 de septiembre es una hermosa obra musical costarricense compuesta en 1883 que celebra el valor de la libertad. Algunas de sus estrofas dicen: “Los hijos del pueblo, levanten la frente, al sol refulgente de la libertad. Sepamos ser libres, no siervos menguados, … Nuestro brazo fuerte y pujante, contra el déspota inicuo opresor, … y baluarte serán nuestros pechos, contra el yugo de inicua opresión.”

El Himno patriótico al 15 de septiembre es, sin duda, una apología a la libertad. Pero, ¿qué implica realmente ser libre y no siervo menguado? ¿Cómo reconocemos a un déspota inicuo opresor? ¿De qué manera hacemos de nuestro pecho un baluarte en contra del yugo y la opresión?

La libertad es lo que nos distingue de los animales

Fernando Savater nos explica en su libro Ética para Amador que “los castores hacen presas en los arroyos y las abejas construyen panales con celdillas hexagonales: no hay castores que intenten hacer celdillas de panal, ni abejas que se dediquen a la ingeniería hidráulica”. Los animales están programados para ser lo que son, sin posibilidad de cambiar su naturaleza. A diferencia de los animales, el ser humano puede elegir cómo actuar frente al entorno que se le presenta. La hormiga, por ejemplo, no elige entre trabajar o no, porque no enfrenta la disyuntiva existencial que implica la libertad.

La libertad implica la facultad de elegir nuestro propio estilo de vida, gestionar nuestros recursos y administrar nuestros bienes conforme a nuestros criterios, exceptuando a los menores de edad y a quienes, por alguna discapacidad, precisen de apoyo. El único límite legítimo para el ejercicio de esta libertad es el respeto absoluto por la libertad de los demás. Mi libertad termina donde empieza la libertad del semejante.

Quien es libre actúa conforme a su propia voluntad, respetando siempre la libertad ajena y sin requerir autorización ni depender de la voluntad de terceros, ya se trate de gobernantes, sacerdotes o burócratas.

A diferencia del resto de los animales, el ser humano se encuentra en una encrucijada constante de decisiones existenciales. Denominamos virtuoso a aquel que cultiva el hábito de ejercer su libertad con acierto, impulsando tanto su desarrollo personal como el bienestar colectivo. Por el contrario, calificamos de vicioso a quien incurre en elecciones que erosionan su dignidad. Asimismo, llamamos delincuente a quien transgrede de manera sistemática la libertad ajena. El ejercicio de la libertad no garantiza la infalibilidad en nuestras elecciones, sino que nadie las tome por nosotros y asumir la ineludible responsabilidad de ser sus únicos autores.

La libertad y la responsabilidad son inseparables

En su obra Constitution of Liberty, el premio Nobel de Economía Friedrich Hayek nos recordaba una verdad ineludible: “libertad y responsabilidad son inseparables”. Ambas son las dos caras de una misma moneda, lo que significa que ejercer nuestra libertad conlleva asumir la total responsabilidad de cada decisión sobre nuestra propia vida, nuestros ingresos y nuestro patrimonio. En definitiva, solo es responsable de sus actos quien actúa en libertad. Como bien sentenció Jean-Paul Sartre: “el hombre está condenado a ser libre; porque, una vez arrojado al mundo, es responsable de todo lo que hace”.

Por eso es que muchas veces la defensa de los delincuentes se fundamenta en demostrar que estos padecen de alguna enfermedad mental que les impide actuar en libertad y por ello no se les puede achacar responsabilidad por sus actos.

Nacemos en un entorno que no elegimos; nadie decide el lugar ni la fecha de su llegada al mundo. No obstante, nuestra libertad nos otorga el poder de decidir cómo responder a las circunstancias que se nos presentan. Un claro ejemplo es el caso de un padre alcohólico y sus dos hijos: uno de ellos lleva una vida sobria, mientras que el otro también sufre de alcoholismo. Al preguntar al primero por qué no bebe, responde señalando a su progenitor: “¡Con ese ejemplo…!”. Al hacer la misma pregunta al segundo, este contesta exactamente lo mismo, justificándose de la misma manera: “¡Con ese ejemplo…!”. A diferencia de los animales, el ser humano posee la capacidad de elegir y, por lo tanto, de trazar su propio camino frente a una misma realidad.

En la parábola de los dos hijos, cada uno de ellos forjó su propio destino a través de sus decisiones. Ninguno puede responsabilizar a su padre ni a circunstancias ajenas por el rumbo que tomaron, ya que su forma de vida fue el resultado de una elección libre y consciente. Justificar los propios actos culpando a factores externos equivale a renunciar al poder y a la responsabilidad que nos pertenecen sobre nuestra propia existencia.

En su obra El miedo a la libertad, el psicoanalista Erich Fromm sostiene que numerosos seres humanos experimentan una profunda angustia existencial ante la libertad, porque esta exige asumir la absoluta responsabilidad de nuestras decisiones. En este sentido, la célebre disyuntiva de Hamlet, “ser o no ser”, encarna la raíz del tormento existencial que experimentan muchos frente a la libertad: una angustia que paraliza la acción donde la persona huye de ejercer su libre albedrío y tomar una determinación definitiva.

Según Erich Fromm, el miedo a la libertad explica en gran medida el apoyo popular hacia los regímenes totalitarios. Al respaldar a un gobierno autocrático, los ciudadanos ceden su libertad a un líder supremo con la falsa promesa de alcanzar estabilidad. No obstante, la historia evidencia que las naciones que suprimen la libertad en busca de protección terminan despojadas de ella, sumidos en la pobreza y viviendo bajo la opresión.

Como advirtió con agudeza Benjamín Franklin: “Aquellos que renunciarían a la libertad esencial para comprar un poco de seguridad temporal, no merecen ni libertad ni seguridad”. Quienes votan por gobiernos “fuertes” olvidan la frase de Lord Acton: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

La libertad en el cristianismo.

La idea de que la libertad es una característica esencial del ser humano es fundamental en el cristianismo, especialmente en la tradición católica. Esto se manifiesta en el concepto de libre albedrío, que implica que la naturaleza del ser humano es la libertad. Un claro ejemplo de esto lo encontramos en el libro de Eclesiástico 15:11-20 (énfasis añadido):

“No digas: ‘Me he desviado por culpa del Señor’, porque él no hace lo que detesta. No digas: ‘Él me ha extraviado’, porque él no tiene necesidad del pecador. El Señor detesta toda maldad, y los que le temen también la aborrecen. Al principio el Señor creó al hombre y lo dejó a su propio albedrío. Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua, alarga tu mano y toma lo que quieras. Ante los hombres está la vida y la muerte, a cada uno se le dará lo que prefiera. ¡Qué grande es la sabiduría del Señor, tiene un gran poder y todo lo ve! Pone su mirada en los que le temen, conoce todas las obras del hombre. A nadie obligó a ser impío, a nadie dio permiso para pecar”.

Los conceptos de “libre albedrío” y “libertad individual” pueden parecer distintos a primera vista. El primero alude fundamentalmente a la libertad de conciencia y al fuero interno del individuo. Por otra parte, la libertad individual se enmarca en el derecho natural, con profundas implicaciones en el ordenamiento jurídico y en las esferas política y civil.

Si bien ambas nociones presentan matices diferenciados, el libre albedrío carece de sentido práctico sin la existencia de la libertad individual. Es decir, la capacidad de elegir de manera autónoma solo se materializa y se expresa plenamente a través del ejercicio de la libertad en el plano político, económico y social. Para ilustrarlo: no es lo mismo que una persona, haciendo uso de su libre albedrío, decida voluntariamente no consumir pornografía, a que se abstenga de hacerlo simplemente porque el Estado ha prohibido su acceso.

Autoestima y libertad

En su obra Taking Responsibility, el reconocido psicólogo Nathaniel Branden, quien dedicó su trayectoria al estudio de la autoestima, expone las cualidades fundamentales de una persona que posee una sana valoración de sí misma. Según el autor, el rasgo distintivo de este individuo es su capacidad para asumir, en plena libertad, la total responsabilidad de su existencia.

Para Branden, una persona psicológicamente saludable es aquella que cultiva un elevado nivel de autoestima. No obstante, esta cualidad no es innata, sino que se construye a lo largo de la vida. Al nacer, los seres humanos somos absolutamente dependientes en los planos físico, emocional e intelectual, de modo que el proceso hacia la madurez consiste precisamente en conquistar la independencia en cada uno de estos ámbitos. En contraste, una persona con baja autoestima tiende a abdicar de su pensamiento crítico, permitiendo que sea la religión, las convenciones sociales o el gobierno quienes decidan por ella. Por el contrario, quien posee una sólida autoestima confía en su propio juicio, y no desea delegarlo en el gobernante ni el Estado, para orientar su bienestar material, intelectual y espiritual.

En definitiva, un individuo autónomo y con alta autoestima rechaza categóricamente que cualquier autoridad gubernamental usurpe su derecho a decidir cómo conducir su vida, administrar su propiedad o gestionar sus ingresos.

En este sentido, una sociedad socialista requiere de personas con baja autoestima. Como decía Margaret Thatcher, exprimer ministra del Reino Unido: “el socialismo quiere que la gente sea dependiente del Estado. Al socialismo no le gusta que la gente haga cosas por sí mismas. No se construye una gran sociedad de esa manera”.

La libertad y los derechos humanos

El valor al ejercicio de la libertad de cada persona es tan importante que se encuentra consagrado en el artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que dice: “Todo ser humano nace libre…”.

Observemos cuidadosamente que el artículo dice “todo ser humano nace libre”. La afirmación de que nacemos libres implica reconocer que la libertad es un atributo consustancial que define la naturaleza del ser humano y que, por tanto, antecede la existencia del Estado, gobierno, legislación o contrato social.

Es decir, el ser humano no es libre por una concesión o un favor de un monarca, presidente o primer ministro. Al ser la libertad un componente intrínseco de la naturaleza humana, su origen no depende de constituciones, ni códigos legales. En este sentido, expresiones como “derechos sagrados la Patria nos da”, presentes en el Himno Patriótico del 15 de septiembre, incurren en un error conceptual, pues la libertad no es una concesión del Estado, sino un derecho preexistente a él.

Como sentenció Benjamin Franklin: “La libertad no es un regalo otorgado por otros, sino un derecho que nos pertenece por las leyes de la naturaleza y de la divinidad”.

La libertad es el derecho humano fundamental que define al ser humano anterior a cualquier ley, Constitución o decreto. Por lo tanto, cualquier ser humano ha nacido libre, sea un indígena americano del siglo XVI, un ciudadano soviético bajo el régimen de Stalin, un habitante de la China de la segunda mitad del siglo XX o un latinoamericano del siglo XXI. Esa condición innata nos acompaña durante toda la vida, más allá de las órdenes de presidentes, dictadores o líderes fundamentalistas. Ninguna normativa, por más que sea aprobada por unanimidad o mayoría calificada en congresos y asambleas, ni ningún plebiscito o referéndum, puede anular nuestra soberanía personal frente a políticos y burócratas. Nacemos y morimos libres por naturaleza.

La libertad como principio fundamental del ordenamiento jurídico

Si aspiramos a diseñar un orden político, económico, social y jurídico capaz de garantizar la paz y el progreso de las naciones, el punto de partida indispensable es identificar el principio fundamental que debe sostenerlo.

Sin bases racionales sólidas, las leyes quedan a merced de la arbitrariedad del gobernante, del capricho del legislador, de dogmas religiosos, de intuiciones sin sustento racional sólido, del sentimiento social de moda del momento, de la fuerza de los grupos de presión, o de la imposición del grupo con la mayor fuerza bruta y el poder opresor.

¿Es la libertad individual el pilar sobre el cual erigir una sociedad próspera, pacífica y justa? Si la naturaleza y el derecho humano fundamental del ser humano es la libertad, entonces el marco jurídico y las políticas públicas tienen la obligación ineludible de respetarla. Como advertía Lord Acton: “La libertad no es un medio para alcanzar un fin político superior; es en sí misma el fin político más elevado”.

O somos libres o somos esclavos. Por tanto, cualquier legislación o decreto que vulnere la libertad individual, reduce al ser humano a la servidumbre.

Para el liberalismo, la libertad es, por definición, el principio fundamental del ordenamiento jurídico para alcanzar una sociedad próspera y pacífica.

Como bien decía Murray Rothbard en su obra The Ethics of Liberty:

“… si estamos tratando de establecer una ética para el ser humano, …  entonces para ser ética válida la teoría debe ser cierta para todos los seres humanos, sin importar su lugar en tiempo y espacio. … la sociedad de libertad [individual] es la única que puede aplicar los mismos principios básicos a todo ser humano sin importar tiempo o lugar”.

La libertad individual puede definirse como el derecho de cada ser humano a escoger su estilo de vida y a ejercer el dominio absoluto sobre su ingreso y su patrimonio, sin más limitación que el respeto por la misma libertad en los otros seres humanos.

Como corolario, si cada ser humano respetara la libertad de los otros seres humanos, el resultado sería la paz social. Respetar la libertad de los seres humanos implica usar la fuerza de la razón y nunca la razón de la fuerza como forma de convivencia social.

Aun cuando alguien esté convencido de que un tercero debe actuar de manera distinta por su bien, eso no le da autoridad moral para obligar a otros a que modifiquen sus conductas por medio de la aprobación de leyes. Mis buenas intenciones, deseos de ayudar a otros, intereses personales, o necesidades que yo tenga no legitiman mi reclamo contra la libertad, propiedad o vida de otro ser humano, sea por medio violentos directos como el uso de la fuerza bruta o por medio de la fuerza de la ley.

Si todo ser humano nace igualmente libre, entonces todo ser humano debe tratarse igual ante la ley. No puede haber personas por encima de la ley (privilegios). Todos los seres humanos debemos tener el mismo derecho, las mismas responsabilidades y limitaciones.

Si bien en principio todo ser humano debe respetar la libertad del otro, no hay garantía que esto suceda. Lamentablemente existen los delincuentes que son personas que violentan la libertad de terceros. En una sociedad donde ser respeta el ejercicio de la libertad individual, el uso de la fuerza solo se justifica como represalia en el caso de esta legítima defensa. Es decir, el ser humano tiene derecho a defender su vida, su ingreso y su patrimonio de los delincuentes. Se deduce entonces que un grupo de seres humanos tienen el derecho a organizarse y apoyar una fuerza común para proteger estos derechos constantemente.

El origen del Estado

Si la libertad constituye el principio fundamental que debe regir el ordenamiento jurídico, surge una pregunta inevitable: ¿cuál es la razón del Estado? ¿Podemos prescindir de el? La pregunta surge porque, por definición, el accionar del Estado se sustenta en el uso de la coerción, lo que implica necesariamente una violación a la libertad individual. Por consiguiente, un mayor grado de intervención del Estado siempre se traduce en una merma de las libertades individuales. En otras palabras, ¿se puede justificar la limitación de la libertad por parte del Estado?

Si los seres humanos fuésemos ángeles, el Estado carecería de justificación. Sin embargo, la realidad es otra y muchos cometen agresiones en contra de la libertad de otras personas y con ello incurren en conductas delictivas. Por definición, el criminal es aquel que atenta contra la vida, el patrimonio o los ingresos de los demás mediante el uso de la violencia o el engaño. Ante esta realidad, cabe preguntarse cómo hacer frente a la delincuencia y salvaguardar eficazmente la libertad individual.

Frente al crimen, el liberalismo conceptualiza al Estado como un mal necesario. Si los seres humanos tienen el derecho de organizarse para defenderse de los delincuentes, el Estado sería la consecuencia de esa organización. Su propósito primordial no es otro que definir, tutelar y garantizar la protección de la libertad individual y los derechos de propiedad, además de sancionar a quienes los transgredan. Si la libertad es el derecho supremo del ser humano, la razón de ser del Estado, de la Constitución, de las leyes y de todo el marco jurídico debe ser precisamente la preservación y garantía de este derecho inalienable.

Para el liberalismo, dado que el derecho a la libertad; es decir, al ejercicio absoluto del dominio de la vida, el ingreso y el patrimonio no es algo evidente, se requiere del Estado para hacerlo explícito por medio de la Constitución y la legislación.

En consonancia con esta visión, John Locke sostuvo en sus Dos tratados sobre el gobierno civil que “el fin de la ley no es abolir ni restringir, sino preservar y engrandecer la libertad”. En la misma línea de la tradición liberal, Milton Friedman, premio Nobel en Economía, afirmó en su obra Capitalism and Freedom que “el gobierno es necesario para preservar nuestra libertad”.

La divergencia fundamental entre el anarquismo y el liberalismo estriba en que el primero rechaza la necesidad del Estado para salvaguardar la libertad individual. El anarquismo sostiene que, así como la libre competencia optimiza la calidad y el precio en la producción de bienes y servicios, un sistema de libre competencia sería también más eficaz que un aparato burocrático para proveer seguridad civil, tribunales y la defensa de la vida y la propiedad.

Sin embargo, así como los seres humanos no tiene derecho a violar la propiedad o el ingreso ajeno, se desprende entonces que de la misma manera el Estado tampoco tiene ese derecho.

Ahora bien, dado que los ciudadanos no son ángeles, tampoco lo son los gobernantes, políticos o burócratas. Al tratarse de seres humanos como cualquier otro, su principal motivación es su beneficio personal y no el bien común. Por tanto, cobra absoluta vigencia la célebre advertencia de Lord Acton: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. La historia evidencia que quienes detentan el poder son propensos a utilizarlo en beneficio propio. Por ende, el gran desafío del liberalismo consiste en, por un lado, justificar un Estado con el fin de proteger la libertad y sancionar a los infractores, y por el otro, en cómo evitar que el gobernante use el poder político como instrumento para la tiranía, la explotación del ciudadano y la supresión de la libertad.

Así como un acto criminal es aquel que atenta contra la vida, el patrimonio o los ingresos de los demás mediante el uso de la violencia o el engaño, de igual manera es un acto delictivo cuando el gobernante dispone de la vida, el ingreso y el patrimonio de los ciudadanos mediante la ley. Así como una mayoría de ciudadanos no puede disponer del patrimonio de terceros porque sería un acto criminal, de igual manera el gobernante no puede disponer del ingreso o patrimonio de los ciudadanos por medio de impuestos o limitaciones a la libre competencia. Para el liberal, los actos criminales no solo lo pueden cometer los ciudadanos, sino también los gobernantes.

Recordemos que la libertad precede al Estado y, por tanto, la libertad es un valor absoluto. Quien niegue a la libertad como valor absoluto es porque considera que algunos ciudadanos pueden ser esclavos de otros. La característica fundamental del socialismo es negar la libertad individual. Para el socialista, el Estado está por encima de cualquier ciudadano a quien ve como súbdito.

Según la filosofía de la libertad, la única razón de ser del Estado es proteger la libertad y sancionar a quienes violen este derecho humano fundamental. En otras palabras, la única función legítima del Estado es actuar como policía y administrar tribunales. Todo lo demás es una violación al principio de libertad individual.

Por tanto, la verdadera discusión política no se sitúa entre izquierda o derecha, sino entre libertad y opresión. Históricamente, tanto la derecha como la izquierda son opresivas porque ninguna considera la libertad individual como el valor fundamental de toda sociedad próspera y pacífica.

“La libertad es indivisible”, proclamaba Ludwig von Mises en su ponencia Liberty & Property. A su vez, Friedrich Hayek sostenía en su obra Constitution of Liberty que “la libertad es una sola”. Estas afirmaciones nos invitan a reflexionar que la libertad civil, la libertad política y la libertad económica no son compartimentos separados, sino manifestaciones de un mismo principio fundamental: la libertad individual. Es decir, la libertad no se puede fragmentar ni condicionar; si se vulnera una, inevitablemente todas las demás quedan amenazadas.

La libertad de expresión, la libertad de credo, de movimiento, de comerciar, de asociación, de trabajar, de producir, de elegir cómo ganarse el sustento diario, la libertad de decidir si consumo o ahorro mi ingreso, de escoger mi preferencia sexual, de decidir qué tipo de alimentos consumo, de optar por el uso de cualquier tipo de drogas, la libertad de elegir, de contratar, de decidir cómo disfruto mi tiempo libre, etc.; no son simples privilegios ni concesiones del legislador, sino manifestaciones directas e irrenunciables del principio universal de la libertad individual. Es decir, ni el legislador ni el gobernante tienen derecho a imponer limitaciones al ejercicio de la libertad. Renunciar a una de ellas es abrir la puerta a que todas sean amenazadas.

Quizá la manifestación de la libertad que más cuesta entender es la propiedad privada. Como hemos argumentado, quien es libre tiene el dominio sobre su vida, su ingreso y su patrimonio. Como corolario, ejercer dominio sobre el patrimonio implica respeto absoluto a propiedad privada.

Muchos se preocupan ante el concepto de la defensa absoluta de la libertad individual. Muchos creen que la libertad es un derecho fundamental, pero que si dejamos a las personas ejercerlo sin control gubernamental, el resultado será el caos. En su obra Leviathan, Tomás Hobbes justificaba el poder absoluto porque afirmaba que, si dejábamos que cada persona actuar bajo absoluta libertad, esto conduciría al caos. Respondemos a esta inquietud en el apartado siguiente.

La libertad económica es corolario de la libertad

Adam Smith, en su obra “La riqueza de las naciones” argumentaba que cada persona buscando su propio bienestar material, en un entorno donde se respetaba el ejercicio de la libertad, conduciría, como guiado por una mano invisible, a un orden de bien común sin que sea necesario burócrata o gobernante alguno que lo diseñe. Esta idea luego fue desarrollada por Fredrich Hayek para extenderla a otros aspectos sociales y no solo económicos.  

La libertad económica significa que toda persona tiene el derecho de realizar cualquier transacción voluntaria, siempre que no afecte la libertad de los demás. Esto incluye comerciar, trabajar, comprar, vender, alquilar, empeñar, asegurar, prestar, producir, importar, exportar, intercambiar, regalar, recibir y heredar sin ninguna restricción impuesta por el gobierno. Quien es libre no debe estar limitado por las autoridades para llevar a cabo cualquier transacción honesta con otra persona, sin importar su nacionalidad, género o creencias religiosas.

Algunos ejemplos de violación a la libertad económica son: monopolios, monopsonios y oligopolios creados por ley; existencia de la banca central, barreras no arancelarias al libre comercio, existencia de superintendencias financieras, imposición del gobierno sobre materia educativa, creación por medio de ley de colegios profesionales que limitan la competencia, obligatoriedad de cotizar a la seguridad social, etc.

Otro aspecto de la libertad económica es en materia de impuestos. En un país donde se valora la libertad, se reconoce que los ingresos pertenecen a quien los genera (sector privado) y no al gobernante. Por lo tanto, todo impuesto debe considerarse, en esencia, una forma de robo. No existe tal cosa como contribuyente al fisco porque, por definición, una contribución es un acto voluntario. Lo que existen son personas extorsionadas por el gobernante cobran impuestos.

No existe diferencia entre un grupo criminal que extorsiona a los ciudadanos para que paguen cuotas, al cobro que hace el gobernante mediante impuestos. En ambos casos, el pago es coercitivo. En ambos casos, el extorsionado sufre consecuencias en su vida y patrimonio si no obedece. Por tanto, no es libre quien es multado o encarcelado por no pagar impuestos.

¿Conduce la libertad económica a un orden espontáneo de prosperidad?

Como vimos anteriormente, los seguidores de Tomás Hobbes, padre del totalitarismo, parten del error de creer que la libertad conduce al caos y por eso justifican un gobierno autocrático. Por su parte, Adam Smith, Friedrich Hayek y en general los economistas de la Escuela Austriaca y de la Escuela de Chicago sostienen que la libertad económica produce un orden espontaneo superior al que ningún burócrata o gobernante podrían ser capaces de diseñar, ni de organizar. ¿Qué dice la evidencia?

Alemania.

En 1945, al concluir la II Guerra Mundial, Alemania se encontraba devastada. El país tenía una estructura de población donde la mayoría de la mano de obra era femenina y con un porcentaje muy elevado de hombres de avanzada edad o no aptos ya para el trabajo debido a las consecuencias de la guerra. Más del 60% de la industria estaba destruida y la infraestructura estaba tan mal que tenían que empezar por reconstruir las ciudades.

En 1949 el país fue dividido en dos: La República Democrática Alemana (RDA) bajo dominio socialista y soviético; y la República Federal Alemana (RFA) que fue gobernada bajo los principios occidentales de democracia y libertad.

Para 1963, es decir, en tan solo unos 15 años, la República Federal Alemana ya era una potencia económica mundial. Algunos llaman a esta asombrosa recuperación el “milagro económico Alemán” cuyo padre fue Ludwig Erhard, quien fuera ministro Federal de Economía de Alemania Occidental entre 1949 y 1963.

Lo acontecido en Alemania no fue un milagro económico sino el resultado natural de la aplicación de las políticas económicas apropiadas. En palabras de Erhard:

“[No es sino] con la más dura competencia, [que] se ofrecerá al pueblo alemán una posibilidad de vida y la verdadera oportunidad de una generación progresiva, económica y social”. “[proclamo] la guerra … a todas aquellas tentativas que … aspiran a una limitación de la competencia. … sólo la libre competencia vivifica las fuerzas, que deben hacer [que] toda mejora del rendimiento laboral se haga útil al bien de todo el pueblo …”. (1 de diciembre de 1947).

El 20 de junio de 1948, Ludwig Erhard liberalizó prácticamente todos los precios y salarios. Como anécdota, cuenta Erhard que esta medida la implementó un domingo para evitar que las fuerzas de ocupación revertieran la orden.

Argentina.

El 1 de mayo de 1853 se sancionó y promulgó la Constitución de la Confederación Argentina, inspirada fundamentalmente en la obra de Juan Bautista Alberdi, titulada Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina.

De acuerdo con el Maddison Project Database 2023, hacia finales del siglo XIX y bajo los principios de dicha Carta Magna de corte liberal, Argentina consolidó uno de los ingresos per cápita más elevados del planeta, superando a potencias europeas como Alemania, Suecia e Italia. Desde 1885 hasta los preludios de la Primera Guerra Mundial, el país se mantuvo de manera casi ininterrumpida entre las diez naciones más ricas del mundo, alcanzando la sexta posición global en 1896.

Cuando Juan Domingo Perón asumió la presidencia en 1946, Argentina ocupaba el puesto 14 en el ranking mundial de ingreso per cápita. Sin embargo, Perón abandonó los pilares de libertad económica e introdujo un fuerte modelo de corte socialdemócrata y Estado Benefactor. Este cambio marcó el inicio de un prolongado declive, transformando gradualmente a una nación desarrollada en una economía en vías de desarrollo.

Como reflejo de este retroceso, para 1956, una década después de la implementación de estas nuevas políticas, el país descendió al puesto 26, y para 1986 profundizó su caída hasta la posición 49.

Otros casos

Europa occidental se desarrolló y se industrializó durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX con gasto público inferior al 10% como porcentaje del PIB. Luego, a partir de la década de 1960, muchos países europeos introdujeron la socialdemocracia y el Estado Benefactor. Con estos cambios, las tasas de crecimiento de esos países se desaceleraron, el desempleo se triplicó y el crecimiento de los salarios se estancó.

Contrastemos el desarrollo económico y social de Corea del Norte (Socialista) con Corea del Sur (Capitalista). Comparemos la Chile socialista de Salvador Allende que en la década de 1970 trajo miseria, aumento del desempleo, hiperinflación, etc.; con la Chile inspirada en las políticas de libertad económica de los Chicago Boys que redujo la pobreza del 40% a menos del 10% de su población en tan solo 15 años.

Índice de Libertad Económica

Desde 1995, la Heritage Foundation, con sede en Washington D.C., publica cada año el Index of Economic Freedom (Índice de Libertad Económica). Su objetivo principal es evaluar y comparar el grado de libertad económica en las naciones que disponen de datos estadísticos fiables. Posteriormente, el estudio contrasta estos resultados con variables clave como el ingreso per cápita, el desempleo, los índices de pobreza y la corrupción. El índice clasifica a los países en cinco categorías según su puntuación:

  • Libre (80 – 100)
  • Mayormente libre (70 – 79,9)
  • Moderadamente libre (60 – 69,9)
  • Mayormente reprimido (50 – 59,9)
  • Reprimido (0 – 49,9)

En definitiva, este análisis pone de manifiesto una sólida correlación positiva entre la libertad económica, el incremento del ingreso per cápita y el desarrollo socioeconómico general.

Lamentablemente, los países de América Latina poseen una calificación muy baja en el ILE y eso explicaría porque la región es pobre. Ningún país latinoamericano clasifica como economía libre. Solo Chile (74.3) y Barbados (70.4) clasifican como economías mayormente libres. Esto explicaría el nivel de pobreza de la región.

Invito al lector a ver todo el informe del Índice de Libertad Económica.

En la década de 1950 Hong Kong, Singapur y Costa Rica tenían un nivel de ingreso y de pobreza similar. Hong Kong y Singapur apostaron a la libertad económica y hoy son economías de primer mundo con un ingreso per cápita superior a muchos países desarrollados. Costa Rica apostó al Estado Benefactor, al gigantismo estatal, a las empresas públicas, al proteccionismo del modelo de sustitución de importaciones de la Cepal, etc; y hoy Costa Rica sigue siendo un país pobre y del tercer mundo.

Hong Kong y Singapur han ocupado el primer y segundo lugar respectivamente en el Índice de Libertad Económica y se consideran economías libres; mientras que Costa Rica tiene un puntaje de 69,1 y clasifica como economía moderadamente libre.

Por doquier, ya sea en una nación rica o pobre, del primer o tercer mundo, en América o en Asia, o del siglo XVIII al XXI, la evidencia es contundente: únicamente la libertad económica genera prosperidad.

Nos decía Milton Friedman en su obra Capitalism and Freedom que “los grandes avances de la civilización, sean en arquitectura o pintura, en ciencia o literatura, en la industria o la agricultura, nunca han llegado de un gobierno centralizado”.

Como señaló acertadamente Carlos Marx en el Manifiesto Comunista: “La burguesía [el capitalismo]… ha creado fuerzas productivas mucho más colosales y masivas que todas las pasadas generaciones juntas… ¿Cuál de los pasados siglos pudo sospechar siquiera que en el seno del trabajo social dormitasen tantas y tales fuerzas productivas?”. Los sectores más vulnerables suscriben estas palabras de Marx cada vez que emigran de naciones socialistas hacia tierras capitalistas.

Sin libertad económica, no sobrevive la libertad política

Es un error creer que la democracia y sus libertades se puedan conservar con un gobierno que ataca de manera sistemática la libertad económica con más impuestos, mayor gasto público e incremento en las regulaciones. Veamos el caso de Cuba donde no existe ni libertad económica ni libertad política. Por su parte, Venezuela ha ido limitando todas las libertades de manera simultánea: civiles, políticas, y económicas. En su obra “The Road to Sefdom”, Friedrich Hayek bien expuso la idea de que la supresión de la libertad económica es la antesala que prepara el camino hacia la represión política.

En su libro “Capitalism and Freedom”, Milton Friedman nos decía que “la libertad económica es un medio indispensable para alcanzar la libertad política”. Ludwig von Mises, economista de la Escuela Austriaca, decía en su publicación “Planning for Freedom” que “La idea de que la libertad política puede preservarse en ausencia de libertad económica, y viceversa, es una ilusión”. Así como la tiranía, la miseria y el socialismo van de la mano, de la misma manera la libertad económica y las libertades políticas y civiles caminan juntas. Ejemplo de esto es el caso de Chile a finales del siglo XX cuando el país abandonó la dictadura militar a los pocos años de haber introducido altas dosis de libertad económica.

El poder político crece con la reducción de la libertad económica. Como bien decía Walter Williams, quien fuera profesor de Economía de George Mason University, “más libertad significa menos gobierno”. Más intervención del gobierno en la economía es darle más poder a la clase política y favorece a quienes ansían el poder solo por el poder mismo. El 11 de enero de 1989, en su discurso de despedida, Ronald Reagan dijo, “el hombre no está libre, si el gobierno no está limitado, … al expandirse el gobierno, la libertad se contrae”.

En otras palabras, para no ser siervo menguado y tener “nuestro brazo fuerte y pujante, contra el déspota inicuo opresor” es indispensable promover la libertad económica.

Conclusión

¡Sepamos ser libres, no siervos menguados! La libertad, y por ende la libertad económica, son los valores fundamentales de toda sociedad próspera y pacífica.