Por Sergio Villalta
Hoy, el presidente Donald Trump impuso un arancel del 10% a todos los productos costarricenses. El anuncio se suma a otras acciones similares realizadas en contra de las economías de China, Corea del Sur, México, Canadá, etc.
Desde luego, esto es una violación a la letra y al espíritu del Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y República Dominicana (TLC), aprobado por el Congreso de los Estados Unidos; y por la rama legislativa de cada uno de los demás países firmantes.
El TLC, como toda obra humana, es imperfecto y debe mejorarse; sin embargo, el convenio, como ley formal ente los estados miembros debe respetarse. De lo contrario, ¿qué sentido tendría firmar tratados internacionales para fomentar el libre comercio, si después de forma unilateral, una de las partes lo arroje al tarro de la basura?
El proteccionismo
A grandes pinceladas, la lógica del proteccionista es evitar que los bienes que se consumen en un país sean importados desde el extranjero.
De esta forma, busca sustituir los bienes importados con productos nacionales, mediante la imposición de barreras. Así, el proteccionista piensa que se logrará fomentar el empleo nacional.
Esta fue la “lógica” de Trump cuando recientemente impuso un arancel del 25% a todos los automóviles importados en los EE.UU. Pero, ¿es correcta esta argumentación?
El proteccionismo nos empobrece
El arancel, lo que logra demostrar es que fabricar algo en los Estados Unidos, es más caro que fabricar un producto en China, México, Brasil o Costa Rica.
Si fuese mejor (en precio o calidad) fabricar determinado producto en territorio estadounidense, no haría falta un arancel para obstaculizar las importaciones. Las personas voluntariamente comprarían los bienes fabricados en los EE.UU. en lugar de adquirir los bienes importados.
Los aranceles, ¿crean empleos?
Con los aranceles, a las personas se les obliga a comprar bienes más caros (ya sea fabricados en EE.UU. o importados). Esto significa que tendrán menos dinero para gastar en otros bienes (ocio, turismo, salud, educación, etc), lo que destruye empleos en esos sectores.
Los empleos que se van a crear en la industria nacional, al encarecer las importaciones, serán a costa de los empleos que se van a perder en otros sectores. En consecuencia, lo que se gana en un sector, se perderá en otros sectores.
La división del trabajo: base de la prosperidad
Imaginemos que cada persona estuviera obligada a producir todo lo que consume. Desde fabricar sus zapatos, ropa, alimentos, etc.; hasta su pasta y cepillo dental.
Si el mundo fuese así, todos viviríamos en la más absoluta pobreza, porque nos tomaría mucho tiempo y recursos, fabricar un simple par de zapatos; ni se diga, lo difícil y costoso que sería fabricar otros bienes, como medicamentos o artefactos electrónicos.
Afortunadamente, el mundo no funciona de esa manera, y todos nos especializamos únicamente en producir ciertas cosas; para después intercambiar esos bienes mediante la compra de lo que otras personas fabrican.
Como esa especialización del trabajo, logramos una mayor eficiencia y productividad. Al comerciar lo que necesitamos de esta forma, logramos hacerlo a un costo menor. Lo mismo ocurre con los países.
En Monterrey, México, se producen vehículos de forma más eficiente que en Michigan. Por esa razón, muchas empresas automotrices instalan sus plantas de producción en esa ciudad, en lugar, de hacerlo en Haití o en Londres.
Todo aquello que impida la especialización y la división del trabajo (como los aranceles), dificulta la creación de riqueza y empobrece a una nación.
La bandera del proteccionismo, que hoy se alza en la Casa Blanca, es una receta para empobrecer al consumidor, mediante un impuesto adicional que se carga sobre las espaldas de cada habitante de los Estados Unidos.
