El remanente liberal

Andrés Ignacio PozueloAndrés Pozuelo

Las ideas no esperan al poder; llegan antes que él.

Existe una tentación recurrente entre quienes defienden la libertad: creer que el cambio verdadero llega mediante la conquista electoral, el partido correcto o el candidato iluminado. Es una tentación comprensible, pero históricamente equivocada.

La teoría del remanente —desarrollada por pensadores como Murray Rothbard y Friedrich Hayek— sostiene algo distinto y más incómodo: que los grandes cambios en favor de la libertad no nacen en los parlamentos, sino fuera de ellos. Los impulsan intelectuales, académicos, escritores y empresarios que trabajan durante décadas construyendo un cuerpo de ideas, cultivando una cultura alternativa, manteniendo viva una visión del mundo que el poder dominante prefiere ignorar. La política, en este esquema, no es el motor del cambio sino su formalización tardía. Recoge lo que la sociedad civil ya ha trabajado, debatido y asimilado.

Los ejemplos son tan conocidos como reveladores. Adam Smith publicó La riqueza de las naciones en 1776. Las políticas de libre comercio tardaron décadas en imponerse en Gran Bretaña. Ludwig von Mises demostró la imposibilidad del cálculo económico socialista en 1920; el socialismo realmente existente colapsó setenta años después. Friedrich Hayek ganó el Premio Nobel en 1974 y vio parte de sus ideas —solo parte— reflejadas en las reformas de Thatcher y Reagan al final de la misma década. El Institute of Economic Affairs llevaba veinte años trabajando antes de que sus propuestas encontraran eco en Downing Street.

La lógica de fondo es clara. Durante períodos de expansión del Estado, las ideas liberales quedan políticamente marginadas. Pero si sobrevive un núcleo intelectual comprometido con esos principios, cuando llegue la crisis —y siempre llega— existirá un cuerpo teórico articulado capaz de ofrecer alternativas genuinas. Sin ese remanente, la crisis solo produce nuevas variantes de intervencionismo. El colapso del sistema no genera libertad por sí solo; genera caos, y del caos emergen los que llegan primero con una respuesta lista.

Hayek admiraba cómo los socialistas habían construido durante décadas una red de intelectuales, revistas, universidades y organizaciones antes de alcanzar influencia política significativa. Su proyecto para los liberales era análogo: no esperar al momento oportuno para actuar, sino construir persistentemente para estar listos cuando ese momento llegara.

Ese momento se acerca.

El orden económico internacional está bajo una presión que no tiene precedentes recientes. Años de expansión monetaria sin respaldo real han distorsionado precios, incentivos y estructuras productivas en todo el mundo. El régimen arancelario impulsado por la administración Trump ha fracturado cadenas de suministro globales que tardaron décadas en construirse. Las guerras en Ucrania y el Medio Oriente añaden incertidumbre energética y alimentaria. Los gobiernos del mundo desarrollado cargan con deudas récord mientras sus bancos centrales agotan su margen de maniobra. Todo esto apunta a una corrección mayor, de las que reconfiguran el mapa de ideas aceptables.

Los liberales tenemos que estar listos.

No me refiero a ganar las próximas elecciones. Me refiero a algo más exigente y duradero: mantener vivo y articulado un sistema de ideas que explique por qué los mercados libres asignan recursos mejor que los burócratas, por qué la propiedad privada y el Estado de Derecho son las bases de la prosperidad, por qué la expansión del Estado no es solución sino parte del diagnóstico. Escribir, publicar, debatir, enseñar, construir instituciones independientes del poder político y del financiamiento estatal.

El trabajo intelectual no es un lujo para tiempos tranquilos. Es la reserva estratégica que determina qué ideas están disponibles cuando el sistema actual ya no pueda sostenerse. Rothbard tenía razón: las ideas son el factor decisivo en los cambios de largo plazo, y los intelectuales tienen un papel fundamental en la legitimación o deslegitimación del poder.

La crisis que se avecina no llegará con un manual de instrucciones liberal incluido. Ese manual lo tenemos que escribir nosotros, ahora, antes de que nadie nos lo pida.