La libertad y el dióxido de cloro

Sergio Villalta Libertad Leave a Comment

Por: Sergio Villalta

Hace pocos días un ingeniero químico manifestó en la radio que deberían realizarse pruebas con el dióxido de cloro o con el ozono, para comprobar si esto destruye al covid-19.

De inmediato el sindicato de médicos (conocido también como “colegio de médicos”) y otros lo acusaron de oficio, por atreverse a hablar sobre tratamientos no comprobados.

Además, el Ministerio de Salud emitió una orden para que el ingeniero se abstenga de promover curas sin “respaldo científico”, bajo pena de prisión de 6 meses y hasta 3 años de prisión. (Ver la noticia aquí)

Sobre la libertad de expresión

Bien se sabe que la mejor legislación sobre la libertad de expresión o de prensa es la que nunca se llega a decretar.

Y resulta imprescindible para mantener el poder político en jaque, que se permitan todas las críticas y que las diversas opiniones nunca se prohíban.

El gobernante que en verdad respete la libertad de expresión, será el que nunca llegue silenciar las opiniones que le disgustan. Y sabemos que la libertad de expresión está en la base de cualquier gran civilización.

Dice Voltaire:

“Si hubiera habido censura de prensa en Roma, no tendríamos hoy ni a Horacio ni a Juvenal, ni los escritos filosóficos de Cicerón”.

También a Voltaire se le atribuye haber dicho:

“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”.

Es difícil saber si realmente lo dijo, porque su legado es tan extenso como ningún otro. Cuenta don Alberto Benegas Lynch que solo una de sus obras consiste en cincuenta y cuatro tomos, su “Tratado de la tolerancia”.

Sobre la cuestión de fondo

Asumamos que no hay evidencia “científica” que demuestre cómo el dióxido de cloro o el ozono pueden servir para combatir al virus.

Partamos en que es un pensamiento absurdo. Que todo se trata de una bobería o hasta de una locura. En realidad no importa mucho lo que supongamos.

Porque cualquier hipótesis sería irrelevante. La cuestión de fondo no versa sobre el dióxido de cloro o el ozono. Esto no se trata de una violación a los derechos de propiedad de otros, sea en su patrimonio o en su vida,

Porque aquí no estamos ante la venta de una substancia que se promociona como la cura milagrosa de una enfermedad. Y no estamos tampoco ante un caso de mala praxis que deba indemnizarse.

Situaciones todas en los cuales sí sería enteramente legítimo perseguir al delincuente y castigarle severamente ante el daño causado a otros en su salud.

La verdadera pregunta debe ser si alguien puede afirmar lo que dijo este ingeniero químico por simple antojo -, porque nada más lo piensa y quiere así expresarlo.

La opinión puede ser controvertida, pero eso no debe importar. Porque mientras una persona no viole los derechos de propiedad de otros, no se le puede castigar por el mero hecho de pensar.

¿Qué sería de una sociedad en la cual no se permitiese lo absurdo? ¿Y quién decidirá qué cosa es absurda o no? Lo que nos lleva a la pregunta de: ¿qué sería de nosotros sin la libertad de expresión?

George Washington lo sabía:

“Si nos quitan la libertad de expresión nos quedamos mudos y silenciosos y nos pueden guiar como ovejas al matadero.” (1779)